domingo, 18 de enero de 2015
Ña Adesia
Guardo muchos recuerdos de mi infancia, de todo tipo, por suerte todos ellos felices, hoy me viene a la
memoria la estampa de una señora que tenía una despensa en el antiguo mercado de
Ypacaraí, que funcionaba en lo que hoy es la Casa de la Cultura. Hablo de Ña
Adesia, la conocía solo de nombre, pues, entonces para mí los apellidos no
tenían importancia.
No haré una semblanza biográfica, solo el esbozo de algunos recuerdos que todavía conservo y que
quizás sean insuficientes para construir o transmitir su personalidad.
Su despensa no era muy surtida que digamos, pero seguía el estándar del Ypacaraí de principio de los
ochenta, que ofrecía apenas un poco más de lo básico. Para muchos de los
vecinos del barrio que nos abastecíamos de ella, constituía el eje fundamentan de nuestras
economías y de nuestro mínimo confort. Ña Adesia financiaba las compras,
habilitando unas libretas, donde se consignaban los productos adquiridos y
pagados a fin de mes (Visa y MasterCard eran materia de ciencia ficción). Estas
libretas eran verdaderas tablas de salvación para las familias de magros
ingresos. Para el cotidiano registro de las mercaderías fiadas, desarrollo una
suerte de taquigrafía, abreviando las palabras que escribía solo hasta la
mitad, con su letra cuya fealdad empeoraba con la escritura a prisa. Pero eso sí,
con las matemáticas era muy hábil, en segundos sumaba las cifras de las
desordenadas columnas de cada hoja de las libretas, con mucha precisión.
Tenía extraños escrúpulos y métodos de protección al cliente, en los últimos días de cada mes,
donde del sueldo quedaba un remoto recuerdo, escondía tras su enorme mostrador
todos los productos que consideraba superfluos (creo que por entonces la
palabra suntuosa todavía no había sido inventada; por los menos en nuestra ciudad era ignorada),
es decir, dulces de batata y leche, duraznos en almíbar, champús, algunas
bebidas y otras pequeñeces sin las que uno podía vivir una semana. Solo vendía
lo esencial, tal vez para que la deuda del mes no se incremente a niveles de
default. Claro que esta veda no regía para sus amigos, como mi abuela, a la que
siempre acompañaba a hacer las compras, operación en la que demoraba casi un
par de horas, no por el volumen de sus adquisiciones sino porque, entre cliente
y cliente, ellas compartían las frescas noticias de la ciudad entre las que no
faltaban detalles de la vida personal de algún vecino. A mí eso poco me
importaba, entre tanto nos entreteníamos en interminables partidos de fútbol en
la canchita aledaña.
Los niños no eran muy de su agrado o por lo menos no les tenía mucha paciencia, inclusive llegaba a
negarles la venta de chicles y otras golosinas (a quien más podría vender estas
cosas), sobre todo si se trataba de criaturas pálidas o cuando su aspecto
delataba algún cuadro de parasitosis.
Tenía también el aspecto de ser algo huraña y aunque sus ingresos no eran malos, llevaba una vida muy austera.
Cocinaba los guisos de los que se alimentada, sobre un calentador a alcohol,
utilizando como ingredientes pedazos de fideos y verduras un poco picadas o dañadas, que
ya no serían atractivas a los clientes, de esa manera el desperdicio era
mínimo.
Nunca hablaba de política, aunque se declaraba liberal, pero su fanatismo partidario no
trascendía las fronteras del azar: diariamente apostaba al 018 en la quiniela.
Creo que nunca ganó nada, quizás porque la censura oficial no podía permitir que simbolos de la oposición al régimen sean tocados por la fortuna.
Mis recuerdos de Ña Adesia son muchos, en verdad. Para nosotros, en términos económicos era mucho
más importante que el ministro de Hacienda o la propia Margaret Tacher, como
remedio a nuestra falta de liquidez en los áridos últimos días del mes, cuando
ella no tenía algún producto que necesitábamos, sea cual fuere, jabón, queso
rallado y cosas así, solía darme el dinero para que lo compre de otras
despensas, luego ella lo cargaba a nuestra cuenta.
El paso del tiempo quizás haya filtrado algunas de las anécdotas de este personaje del
barrio, de tanta importancia en nuestras vidas, no merece caer en el olvido.
jueves, 17 de julio de 2014
Autoridades Municipales de Ypacaraí
La ciudad de Ypacaraí, como todos los municipios
del Paraguay, siguiendo la tradición española del ayuntamiento, fue
administrada en sus primeros años por un colegiado integrado por vecinos del
lugar, bajo la denominación de Junta Administrativa.
La ciudad de Ypacaraí fue creada por
Ley del 13 de septiembre de 1887, pero recién a partir del Decreto, dictado por
el presidente Juan Gualberto González en fecha 2 de abril de 1891, se fijaron
los límites del distrito, siguiendo la demarcación practicada por el agrimensor
Santiago Madrigal. En dicho Decreto de 1891 se encomendó al Ministerio del
Interior la gestión ante propietarios de terrenos de nuevo municipio la
expropiación de aquellas heredades donde habrían de asentarse los edificios
públicos y realizarse la apertura de calles. La ciudad comenzaba a tomar forma.
Para hacer un breve resumen sobre los
cambios en legislación municipal, sin profundizar el tema, es pertinente tomar como punto de partida el
periodo que se inicia en la posguerra del 70. Recordamos no obstante, que el
primer Cabildo del Río de la Plata se estableció en la ciudad de Asunción el 16
de septiembre de 1541, bajo el gobierno de Domingo Martínez de Irala. Esta
institución fue suprimida durante el régimen del doctor Francia, tras varios
siglos de vigencia (1).
Concluida la genocida guerra contra la
Triple Alianza, el Paraguay quedó literalmente en ruinas, sin recursos y con su
población casi aniquilada. Esas penosas circunstancias llevaron inclusive al
cierre de la Municipalidad de Asunción, en el año 1869 (2), cuyo funcionamiento
se restableció años después.
PRIMERA CARTA ORGÁNICA MUNICIPAL
Bajo el gobierno del Gral. Bernardino
Caballero, en los albores de la reconstrucción de la República, se dictó la Ley del 7 de junio de 1882, que constituye la primera
carta orgánica municipal. Esta ley dispuso la creación de consejos
municipales para administrar la comuna capitalina y los demás pueblos del
interior del país.
La capital estaba dividida en tres distritos: a) Catedral y Recoleta; b) Encarnación y Lambaré; y c) San Roque y Trinidad. A cada uno de estos distritos capitalinos le correspondía dos miembros titulares y dos suplentes, quienes a su vez integraban la Junta Municipal de Asunción. Por su parte, las juntas de las ciudades del interior estaban integradas por cuatro miembros titulares y dos suplentes. Estos municipales, como los designa la ley, eran electos de entre los vecinos de cada comuna, pudiendo participar de los comicios tanto nacionales como extranjeros.
La capital estaba dividida en tres distritos: a) Catedral y Recoleta; b) Encarnación y Lambaré; y c) San Roque y Trinidad. A cada uno de estos distritos capitalinos le correspondía dos miembros titulares y dos suplentes, quienes a su vez integraban la Junta Municipal de Asunción. Por su parte, las juntas de las ciudades del interior estaban integradas por cuatro miembros titulares y dos suplentes. Estos municipales, como los designa la ley, eran electos de entre los vecinos de cada comuna, pudiendo participar de los comicios tanto nacionales como extranjeros.
CREACIÓN DEL EJECUTIVO MUNICIPAL: EL INTENDENTE
Varias décadas después, fue sancionada
la Ley N° 915 del 1 de septiembre de 1927, “Orgánica Municipal”, que dividió a
las municipalidades en categorías, teniendo en consideración para ello los
ingresos corrientes y separando las tareas propiamente ejecutivas de aquellas deliberativas.
A partir de esta ley, la municipalidad de Asunción (de Primera Categoría), sería administrada por un departamento ejecutivo a cargo de un Intendente y por una Junta Municipal de doce miembros titulares y nueve suplentes. Las ciudades con renta igual o superior a trescientos mil pesos (Segunda Categoría) estarían regidas también pou un Intendente y una Junta de nueve miembros titulares y seis suplentes. Mientras que las comunidades con ingreso inferior a los trescientos mil pesos (Tercera Categoría) tendrían una Junta de seis miembros titulares y tres suplentes y las taréas ejecutivas quedarían a cargo del presidente del colegiado. Por último, en la citada carta orgánica, se estableció expresamente que las ciudades de Encarnación, Villarrica, Pilar, Villeta, Concepción, Paraguarí y San Lorenzo, tendrían asimismo un Intendente. Los miembros de las juntas municipales eran integrados a través de elección directa y no percibían remuneración por sus funciones. Los Intendentes eran nombrados por el Poder Ejecutivo.
A partir de esta ley, la municipalidad de Asunción (de Primera Categoría), sería administrada por un departamento ejecutivo a cargo de un Intendente y por una Junta Municipal de doce miembros titulares y nueve suplentes. Las ciudades con renta igual o superior a trescientos mil pesos (Segunda Categoría) estarían regidas también pou un Intendente y una Junta de nueve miembros titulares y seis suplentes. Mientras que las comunidades con ingreso inferior a los trescientos mil pesos (Tercera Categoría) tendrían una Junta de seis miembros titulares y tres suplentes y las taréas ejecutivas quedarían a cargo del presidente del colegiado. Por último, en la citada carta orgánica, se estableció expresamente que las ciudades de Encarnación, Villarrica, Pilar, Villeta, Concepción, Paraguarí y San Lorenzo, tendrían asimismo un Intendente. Los miembros de las juntas municipales eran integrados a través de elección directa y no percibían remuneración por sus funciones. Los Intendentes eran nombrados por el Poder Ejecutivo.
El primer Intendente de la ciudad de Ypacaraí fue el señor José Ramón Negrete, nombrado por Decreto del Poder Ejecutivo N° 2486, dictado el 27 de julio de 1940, por el entonces Gral. José Félix Estigarribia.
Edificio donde funcionaba anteriormente la Municipalidad de Ypacaraí, ubicado sobre la calle Yegros entre Cerro León y José Gaspar Rodríguez de Francia. La fotografía, gentileza de Osvaldo Battilana, habría sido tomada en los años '40.
CARTAS ORGÁNICAS POSTERIORES
La evolución de la legislación en materia municipal, considerando el crecimiento de las ciudades así como el aumento de necesidades y complejidad, siguió su curso. Tanto es así que en ese proceso de evolución legislativa fueron sancionadas las siguientes cartas orgánicas:
a) Ley N° 222 del 30 de julio de 1954 “Orgánica Municipal”;
b) Ley N° 1924 del 18 de diciembre de 1987 “Orgánica Municipal”; y
c) Ley N° 3966 del 8 de febrero de 2010 “Orgánica Municipal”.
Un hito de relevancia lo constituye la sanción de la Constitución Nacional del año 1992, donde se definió serían designados por elección popular y no ya nombrados por decreto del Ejecutivo.
NOMINA INCOMPLETA DE AUTORIDADES
A partir de los documentos obrantes en el archivo del Ministerio
del Interior se pudo elaborar, aunque de forma incompleta y hasta provisoria,
la siguiente nómina de autoridades municipales de la ciudad de Ypacaraí.
01/07/1900, Junta Económica Administrativa, Félix Fiandro.
04/10/1900, Junta Económica Administrativa, Justo Recalde.
14/11/1901 a 1905, Junta Económica Administrativa, Dionisio Pérez.
16/10/1905, Junta Económica Administrativa, Vocal: Gregorio Chávez.
30/03/1910, Ramón Negrete.
1923
a 1937, Augusto...?
JUNTAS ADMINISTRATIVAS MUNICIPALES
01/02/1900, Junta Económica Administrativa, Jacinto Chilaver.
01/07/1900, Junta Económica Administrativa, Félix Fiandro.
04/10/1900, Junta Económica Administrativa, Justo Recalde.
14/11/1901 a 1905, Junta Económica Administrativa, Dionisio Pérez.
16/10/1905, Junta Económica Administrativa, Vocal: Gregorio Chávez.
18/01/1908, Junta Económica Administrativa, Gregorio Chávez.
01/09/1908, Junta Económica Administrativa, Vicepresidente: Francisco Mena, Vocal: Gautino Soloaga.
29/09/1908, Junta Económica Administrativa, Gregorio Chávez.
JUNTAS MUNICIPALES Y SUS PRESIDENTES Y MEMBROS
2/07/1909, J. Luís Mena.
30/03/1910, Ramón Negrete.
30/11/1914, Llubo
V. Kovacevich.
08/01/1918, Gregorio
Chávez.
30/03/1910 a 10/05/1922, Gregorio Chávez.
27/06/1922, Enrique
E. Bareiro.
1937, Laurentino
López.
25/09/1939 a 1941, Gabriel
Galarza.
26/07/1940, José Tomás Negrete.
15/04/41 a 1946, Silvio
Becker - Félix Richer.
30/12/46, Juan
B. Giménez.
03/03/47, Ernesto
Snead.
28/04/47
a 26/07/48 - No sesiona la Junta por la Revolución del '47.
05/07/49, Federico
Richer.
23/11/50, Ramón Becker.
19/05/52, Ramón
Becker Jiménez.
25/05/53, Presbítero Manuel Sanabria.
10/08/54, Rogelio Escobar G.
02/04/55, Rubén
Duarte.
1976, Plinio Duarte.
1977, Plinio Duarte.
1978/79/80, Pedro
Oscar Sosa.
23/10/80, Luís
Antonio Becker.
1983, Juan
Carlos Galaverna.
1985
al 20/02/89, intervenido por el gobierno de Stroessner.
1990, Delia
Teresa Amarilla.
30/05/1991
a 1996, Anildo Morales.
1996
a 2001, Juan
B. Coghlan...
2001 a 2006, Jorge Enrique Becker...
2006 a 2010, Juan Carlos Galaverna (h)...
2010 a 2015, Juan Carlos Galaverna (h), Sergio Benegas, Rosana Edwards, Juan Carlos Acosta, Ramón Franco Orué, Nilsa Negri, Daniela Leguizamón, Luís Meza, Oscar Usher, Miguel Villagra, César Negrete y Marcos Aquino.
INTENDENTES
Nombrados por Decreto:
1940, José Tomás Negrete, Decreto N° 2486.
1955, Jorge Richer.
1961, Eulogio Ayala Gaona
(Int.) Decreto 14.982.
1961, Eladio Gaona.
1968, Samuel Elías.
1973, Juan Carlos Galaverna
1983, Pedro Oscar Sosa
1986, Interventores: Manuel
Sanabria y Nery Ucedo
1989, Sergio Rojas Coronel
Electos en Comicios Generales:
26/06/91
a 30/08/94, Luís Egon Schwarz.
1995/1996, Julio Raúl Negrete (Interino).
1995/1996, Julio Raúl Negrete (Interino).
01/06/96
a 17/12/96, Juan B. Coghlan (Interino).
1996/2001, Delia Teresa Amarilla.
18/12/2001
a 18/08/2006, Adalberto Morínigo.
2006, Odila Duarte de Oviedo (Interina).
19/12/2006
– Nov. 2010, Adalberto Morínigo.
Nov. 2010 a la fecha, Raúl Fernando Negrete Caballero.
REFERENCIAS
1)
Manuel Peña Villamil; Derecho
Administrativo, Tomo III; Edición de la Universidad Católica de la Ciudad de
Asunción; Año 1997; pp. 595-603.
2)
Registro Oficial;
lunes, 14 de julio de 2014
Bello Cue
Lo misterioso siempre atrae y los distintos relatos tejidos sobre "Bello Cue", antigua villa construida quizás en las primeras décadas del siglo XX, aportan ese condimento. La villa está ubicada en las afueras de Ypacaraí, a un costado de las vías del tren, a un par de kilómetros del centro. Los vestigios del edificio testimonian una imponente construcción. Todavía está en pie la fachada con arcos y columnas, donde sobresale en la parte superior una enorme letra "B". La rapiña y el abandono de años lo privaron de techo, puertas y varias paredes. ¿Quién era el dueño de la villa? Solo nos llegó su nombre: Juan Bello. Muchos relatos persisten sobre este misterioso nombre, todos ellos sin rigor historiográfico, que hablan de su excentricidad, su copiosa fortuna, una fabulosa boda y un matrimonio que no habría llegado a consumarse, por sus orientaciones (no precisamente religiosas), y su posterior ruina. De niño, cuando la vagancia me llevaba por esos lugares, pasaba frente a Bello Cue con recelo, por temor a los fantasmas que muchos aseguraban haber visto. Tampoco estuvieron ausentes los eternos buscadores de plata yvyvy que horadaron pisos y paredes (desde afuera se puede ver una enorme fosa posiblemente hecha con ese fin). El tiempo ha desdibujado estas historias y es preciso reconstruirlas.

En esta fotografía se puede apreciar el
estado actual de la fachada y las alteraciones sufridas por la construcción. En la parte trasera se improvisó una vivienda precaria.
Las dos columnas utilizadas en el acceso, en el arte y en la arquitectura representan la entrada a los lugares sagrados y misteriosos.
Tal como se puede leer en el blog www.ritualypropaganda.com editado por John Kbn, en la masonería, los pilares se denominan Jaquin y Boaz (J y B) y representan uno de los símbolos más reconocibles de la Hermandad, un lugar destacado en el arte masónico, documentos y edificios.
El portón de rejas de la entrada principal situada hacia las vías del tren.
Una enorme fosa hecha probablemente por buscadores de tesoros (plata yvyvy), quienes también horadaron el piso y las paredes de la villa.
Las tomas fueron hechas por Joaquín y Domingo Bogado el 14/07/2014.
Buscando la punta del ovillo en esta historia, llegamos hasta la compañía Itá Pirú de Arroyos y Esteros, a orillas del río Manduvirá,cerca de su desembocadura en el río Paraguay, donde aún permanece en pie la villa que pertenecía a Giussepe Bello, en el sitio conocido como Puerto Bello.

En esta fotografía se puede apreciar el
estado actual de la fachada y las alteraciones sufridas por la construcción. En la parte trasera se improvisó una vivienda precaria.
Las dos columnas utilizadas en el acceso, en el arte y en la arquitectura representan la entrada a los lugares sagrados y misteriosos.
Tal como se puede leer en el blog www.ritualypropaganda.com editado por John Kbn, en la masonería, los pilares se denominan Jaquin y Boaz (J y B) y representan uno de los símbolos más reconocibles de la Hermandad, un lugar destacado en el arte masónico, documentos y edificios.
Una enorme fosa hecha probablemente por buscadores de tesoros (plata yvyvy), quienes también horadaron el piso y las paredes de la villa.
Las tomas fueron hechas por Joaquín y Domingo Bogado el 14/07/2014.
Buscando la punta del ovillo en esta historia, llegamos hasta la compañía Itá Pirú de Arroyos y Esteros, a orillas del río Manduvirá,cerca de su desembocadura en el río Paraguay, donde aún permanece en pie la villa que pertenecía a Giussepe Bello, en el sitio conocido como Puerto Bello.
La casa Bello fue construida en el año 1915 y es testimonio de tiempos mejores de la familia Bello, pero que también siguió la misma suerte de vivienda del hijo, Juan Bello, construida en Ypacaraí. Quedó abandonada luego de la ruina familiar, presa de la rapiña.
sábado, 25 de enero de 2014
La Estación Tacuaral
La estación del antiguo ferrocarril ubicada en
la ciudad de Ypacaraí, también conocida como “Estación Tacuaral”, fue
construida mucho antes de la creación del distrito, y pese a ser uno de los
primeros tramos y, por ende, primeros edificios del servicio ferroviario, sus
instalaciones se encuentran entre las mejor conservadas del país.
El 27 de marzo de 1864, en vísperas de la
guerra contra la Triple Alianza, cuando la línea ferroviaria estaba en plena
expansión hacia el interior del país, fue inaugurada la Estación Tacuaral en el
lugar llamado “Guazú virá”, perteneciente entonces a la comuna de Itauguá.
Según el estudio realizado por la Arq. Sara Ferreira, la región situada entre
el Lago Ypacaraí y el valle de Pirayú era conocido con ese nombre por la gran
cantidad de venados que existían en la zona.
Los trabajos de extensión del tendido
ferroviario llegaron hasta Paraguarí, cuando se desató el conflicto (estaba
también proyectada la construcción de un ramal hasta el campamento militar
ubicado en Cerro León), pero el avance de las hostilidades y sus exigencias lo
impidieron. Entretanto, la Estación Tacuaral constituyó un punto estratégico de
abastecimiento. El servicio que centraba su actividad en el transporte de
soldados y material de guerra. Así, a principios de 1867, el célebre cañón Cristiano, fabricado en la fundición de
Ybycuí, fue trasladado hasta Asunción para su terminación y posterior envío a
la zona de combate (Curupayty en este caso). Desde Paraguarí hasta la capital,
recorrió todas las estaciones acompañado de música y numerosas personas, como
si de una procesión se tratase, tal como lo refiere el periódico El Centinela, en su edición del 9 de
mayo.
En el tramo final de la guerra, con la capital
y alrededores bajo ocupación enemiga y el ejército de López atrincherado en
Azcurra, la Estación Tacuaral se hallaba en la línea de encuentro entre las
vanguardia de ambas tropas. En julio de 1869, es tomada por los hombres del
conde D’Eu, quien se preparaba para aniquilar a los que todavía seguían
resistiendo. Después, el teatro de operaciones se trasladó al norte donde se
libró la última batalla.
En los primeros años de posguerra, la Estación
Tacuaral volvió a ser escenario de nuestra convulsionada historia política. El
15 de noviembre de 1971, habiendo el presidente Cirilo Antonio Rivarola disuelto
el Congreso en represalia por haber enjuiciado y condenado a uno de sus ministros, Bernardino Caballero y
José Segundo Decoud renunciaron a sus cargos en el gabinete, en protesta por la
disolución del legislativo. Por esa misma razón, a la que se sumaron otras
arbitrariedades del gobierno, en noviembre del mismo año se produjo la
Revolución de Tacuaral, calificada por el historiador Efraím Cardozo como la
primera revolución del Paraguay después del año 1811. La reacción del gobierno
permitió sofocar la sedición. Uno de los complotados, el exconvencional
constituyente de Pirayú José María Concha, fue fusilado sin más trámites. Por
su parte, el general Bernardino Caballero, también involucrado en el
levantamiento, fue detenido en Asunción y deportado después.
Cuando en 1887, un grupo de vecinos de la Estación
Tacuaral, entre los que se encuentran José Galo Guanes, Eustaquio Feliú, David
Baruch, Ramón Negrete, Dionisio Pérez y Eliseo Patiño, solicitaron al Presidente
de la República, general Patricio Escobar, la creación de un pueblo en dicho
lugar, en consideración al importante crecimiento y prosperidad que
experimentaba esa comunidad y que tornaba imperioso independizarla de la ciudad
de Itauguá. El general Bernardino Caballero, entonces Senador de la Nación, fue
uno de los impulsores del proyecto de ley de creación del distrito de Ypacaraí,
presentado al congreso el 10 de septiembre; sancionado y promulgado el 13 de
septiembre de ese mismo año.
En la primera mitad del siglo XX la ciudad de
Ypacaraí consiguió un importante desarrollo económico, principalmente gracias a
su ubicación estratégica como una de las vías de acceso a la capital. En su
estación, abordaban el ferrocarril numerosas personas y productos provenientes
de las cordilleras y de otros puntos del país. En consecuencia, diversos
acopiadores y una serie de casas comerciales, se instalaron en la ciudad, sumándose
asimismo a la población muchos inmigrantes.
En los años de la Guerra del Chaco, el ritmo de
la estación no disminuyó. Fue testigo del transito de millares de compatriotas
hacia el frente de batalla, al igual que el suministro de logística para los
combatientes. En contrapartida, recibía a los heridos que volvían del Chaco y
eran trasladados a improvisados hospitales de sangre, organizados en la ciudad.
Después vendrían los prisioneros de guerra y, concluida la conflagración, los
gloriosos soldados que fueron a defender nuestra heredad y regresaban a sus
hogares tras largos años de ausencia.
Mientras el servicio ferroviario siguió activo,
por la Estación Tacuaral transcurrió la historia de nuestro país. Vio pasar a
productores y comerciantes que llevaban sus mercaderías a la capital, a
estudiantes que seguían mejores horizontes y
a compatriotas que escapaban de sus empobrecidos pueblos en busca de
oportunidades laborales. También transitaron ante ella los que fueron a enfrentarse
al exilio, escapando de las persecuciones políticas, así como a las tropas
sediciosas o leales en las fratricidas revoluciones que han dejado su estela de
odios y divisiones. Muchos ypacaraienses, asimismo, acudían a ella cada mañana
para tomar el tren que los llevaría a sus distintos empleos o visitar Asunción,
donde estaban concentradas las principales actividades burocráticas del Estado,
para realizar trámites administrativos o simplemente para hacer compras.
Cuando se incrementó el tránsito terrestre a
través de la Ruta II y otras vías de comunicación con la capital, a lo que se
sumó la falta de modernización del servicio ferroviario que se volvió obsoleto,
la ciudad de Ypacaraí perdió su importancia de otros tiempos, en cuanto a punto
de acceso se refiere, y la Estación Tacuaral se fue quedando sola, sin el
trajín de otras épocas.
Hacia finales de 1990, tal como se consigna en
la reseña histórica de FEPASA, el único servicio regular que quedo, fue el tren
suburbano Asunción – Ypacaraí, cuyos clientes principales eran estudiantes
locales. Fue el último suburbano con tracción a vapor en el mundo, que dejo de
correr en abril de 1999.
Hoy, sin la llegada de los trenes, la Estación
Tacuaral permanece silenciosa “viendo pasar el tiempo” y constituye,
indudablemente, uno de los símbolos nurbanos de mayor importancia de la ciudad de Ypacaraí, que como tal debe ser preservado. No tenemos que esperar una
hipotética reactivación ferroviaria para que la estación vuelva a tener un
espacio protagónico, puede transformarse en centro cultural, museo o
conservatorio, para volver a aglutinarnos y seguir siendo parte de nuestra
historia.
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